¿Tener un secreto? ¡¿Cómo?! de ninguna manera! De hecho, ¿Qué puede ser
en realidad terminar queriéndose guardar algo que puede llegar a notarse, y
parecer tan evidente? La causa prima de querer identificarse y entenderse de
esta manera nace con base a compararse, a parecerse y marcarse bajo estos
signos, símbolos y tecnologías: Caminar, vestir, disfrutar, cagar y mear de
alguna manera me reconocen tal vez como homosexual.
Vergas flácidas o erectas, con prepucio y poco pelo, y además, de tono
algo pálido me he (o han) enseñado a aprender a preferir; ese inmutable y
perverso sentido de la contaminación, que bien recuerdo se atribuía
instintivamente surgir después de los 5 años se traslada a cada hijueputa respiro
y lamida que pretende hacerse.
Que sí, “la loca de la teja corrida”, “la marica que no se le nota” -nótese
aquí como logra verse más ofensivo escribiéndolo en femenino-, “el que se le seca
la canoa al jartar” o el “cacorro que poco fastidia”; así me han calificado
¿Halago?¿Insulto? ¿Qué se supone que debo sentir a partir de estos tan
interesantes calificativos de todos y todas las putas y putos que me han ido
conociendo? Al principio, cuando quise ir contándoles de mi “condición”, no lo
niego, me aliviaba. Era para mí todo un placer que me quisieran decir estas
cosas, que aún se notase que yo era hombre no solo por ser peludo y pelotudo
(no precisamente por tenerlas grandes, sino por
tenerlas). Deseaba que como el rector del Seminario me decía se tratase
de sólo una etapa. Recuerdo bien el haber testeado algo poco de los placeres
del sexo desde muy temprano, tocar, unir o juntar hacían parte de ese ritual y
me resultaba interesante que siempre sintiese ganas de esa clase de cosas.
Y es que de eso se trata el querer ser para el homosexual por parte del
moldeado heterosexual (sin querer enunciar que lo homosexual sea lo real y lo
heterosexual lo generado o construido): “que haga lo que quiera con su culo, o
con cualquier otro de sus huecos, pero que no se meta conmigo, ni con los
chinos de la cuadra y por supuesto, que entre menos se le note, mejor”, o la
más común inclusive en el planeta de las locas: “porque no hay nada más
incómodo para mí, todo un hombre hecho y derecho que una loca reguerosa de plumas,
o una hijueputa arepera con delirios de héroe de Marvel.”
Recuerdo entonces otra vez esa vida de maricón enclosetado. Las
preguntas del o la con quien se tiene confianza (o un poco), tales como: ¿Cuándo
te diste cuenta? ¿Te violaron de chiquito? ¿Qué no te gusta de las mujeres, el
pan? ¿Alguna vez se ha querido vestir de vieja? Pónganle que al menos cada 15
días respondo una de estas, ¿Y cuál puede ser mi respuesta heteronormatizada para
cada una? Siempre van cambiando. Si se responde tratando de hablar
técnicamente: feminazi; si se intenta responder a lo típico con esa clásica
respuesta de “desde muy pequeño”; “si, alguna vez”, ó “si, es asquerosa”, puede
sentirse ese abominable remordimiento feminazista que tanto he sabido esculpir
los últimos años.
Otra vez, resaltando que no es de ninguna manera intención para mí el
alardear y el querer reconocerme como diferente y crítica. Mucho me falta para
dejar de normalizar el acto sexual heterosexuado y su penetración y otras cosas
como princesiar a la mocosa delicada.
Pues insisto, moldearse y encapricharse de esta manera dentro de lo que hemos
aprendido enseñó como la "matriz heterosexual” no es nada sencillo, pero
pueden buscarse buenas estrategias para llegar a salir del paso, o al menos,
llegar a disfrutarlo de a poco más. Para mí, existe si y sólo si una grande
respuesta; remedio o antídoto, como quieran llamarlo, y sí, es el
alcohol (si no lo adivinaron no me importa, creo que ya he construido
fama de alcohólico).
Puede que sea mi cuerpo, pero hace las veces de popper, otra vez, puede
que sea mi cuerpo, pero hace las veces de omnisexualizador, de suelta cuerpos y
lenguas; es decir, malo y bueno a la vez ¿Por qué? Me constituye tal vez en ese
marica que todos y todas quieren ver o al revés, nunca parece comportarme de la
misma manera, ese hijuemadre me ha hecho soltárselo a depravados, bailar con
floripondios, con flacas, reinas, gordas, enanas y elfos (por cierto, con
soltarlo, me refería al
número de teléfono). ¡Qué aguante el que se gana uno por estas verdes
praderas! O bueno, al menos creo eso me ha pasado.
Hasta ahora si no ha parecido nada difícil, pero vaya encaje usted en la
tipica charla de envergados sobre fútbol español, o de donde sea, mirar al
techo es la respuesta, y esperar a que el tema cambie por pornografía, que
usted si algo habla de categorías de porno gay como si fueran de viejas: que el
de la (el) rubia, el de todas las clases. ¿Cómo terminar encajando? Siendo
heterosexual y racista (o bueno, pareciendo). El haber abandonado la religión
de a paso me hace pensar a qué le agradezco y a qué le pido
perdón, siento pecado llegar a considerar fingir (o en realidad hacerlo)
alguna de estas ideas, y es cuando tal vez me voy dando cuenta de este genial
dispositivo del que puede llegar a constituirse como religión. Pero bueno, no
hablaría nada más de este tema pues de labia soy muy poco, no la sé, no me
sirve ni me sirven.
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